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Cuatro centímetros de desesperación


[…] Yo, hombre ilustrado o inteligente, por ejemplo ―si es el caso―, soy estúpido de su estupidez; yo valiente, soy esclavo de su esclavitud; yo rico, tiemblo ante su miseria; yo privilegiado, palidezco ante su justicia. Yo, en fin, queriendo ser libre, no puedo serlo, porque alrededor mío todos los hombres no quieren aún ser libres, y al no quererlo pasan a ser instrumentos de opresión contra mí.
―M. Bakunin
Cristales empañados. Al menos 5 pasos de largo, la ventana va de pared a pared. Si tomaran muestras del sudor seco, encontrarían que al menos 4 personas han hecho de mi habitación el mismo uso en mi presencia durante los últimos dos meses, incluyendo hoy. Olvido bajo húmedas noches en desamor.
Al nororiente, entre la espesa capa líquida, sólo noto la Torre Colpatria, un edificio envuelto por una luz artificial roja. Ese mismo color del carro que en toda la parte inferior de la vista temo ver. Probablemente, a narices de mi apartamento, en el asiento trasero al copiloto pase Marianne.
Láminas enajenadas. Al menos 210 pasos de distancia, las entradas de nuestras casas difieren a dos esquinas. Junto al frío nocturno llegó ebria, directo a herirme con sus palabras mientras nos sosteníamos en brazos. No lo aguantaba, a pesar de aún amarla, mis carnes se derretían en rabia y lamento.
A medio camino, tras haberle soltado, giré de dirigirme hacia mi habitación. Cada pregunta, cada palabra que buscaba comprender por qué había admitido quererme ver sufrir, encontraba una respuesta que sólo lograba desgarrar mi alma, mi cordura, mi paciencia. Sombras yacían sobre mí.
Puñaladas indoloras. Al menos 3 pasos de cercanía, la demora de llegar a la cocina era levantarse del suelo. Quería que se fuera, que no volviera más, pero ya no bastaba con decírselo una y otra vez. Ella volvía. Volvía más sanguinaria que antes. Así que me herí, una y otra vez esa misma noche.
A nada de mí, ella tomaba mi cráneo entre sus antebrazos. Puños y cabezazos no bastaban. Por más que me golpeara salvajemente, insistía en permanecer. El detenerme causaba que sólo oyera más los demonios que habían dentro de mi cabeza, aquellos que insistían en caer bajo para no volverla a ver.
Cuatro centímetros de desesperación clavé profundamente en mi brazo. Un cuarto de litro de locura derramaba sobre mi mano y mi frente. Intentó estar, pero por fin huyó. Nunca más volvimos a empañar los vidrios, nunca más volvimos a entrar por la puerta del otro, nunca más tuve que perforar mi carne.

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